Relato inspirado libremente por el universo emocional de «Yira yira»
Este es el relato más áspero de la serie. Lo escribí porque el tango, cuando es honesto, también sabe hablar de la indiferencia; y porque me negué a terminarlo del todo a oscuras.
Rufino Paz perdió el trabajo un jueves, la casa en octubre y la dignidad en algún momento impreciso entre las dos cosas, sin ceremonia, como se pierde un guante.
Al principio calculaba. Era bueno con los números —había sido encargado de depósito veintidós años— y durante los primeros meses administró la caída con método: primero el auto, después el plazo fijo de la madre, después el alquiler grande por uno chico, después la pieza de la pensión de la calle Solís, después nada.
Aprendió cosas que no sabía. Aprendió que hay un frío particular entre las cuatro y las seis de la mañana. Aprendió que en las estaciones conviene dormir sentado, con la espalda contra algo. Aprendió que un cuerpo puede sostenerse tres días con café y facturas del día anterior.
Y aprendió lo otro, lo que de verdad quiebra, que no es el hambre.
Aprendió que se vuelve invisible.
Los primeros meses todavía saludaba a los conocidos. Después dejó, porque descubrió que la gente que uno conoce cruza la calle con una naturalidad admirable, mirando el celular con muchísima concentración. Su cuñado le dijo por teléfono que lo llamaba el lunes y no lo llamó nunca. El amigo de treinta años lo atendió en la puerta, sin hacerlo pasar, y le prestó plata mirándole el hombro en vez de la cara, y esa mirada le dolió más que la de los que no le dieron nada.
Rufino caminaba. Eso era su vida: caminar. De Constitución a Retiro y de Retiro a Constitución, todos los días, con una bolsa de nailon y un pulóver que había sido azul.
Llevaba la cuenta de las monedas. Era su último resto de método: cada noche las contaba dos veces, sentado en un umbral, y anotaba mentalmente el total como quien lleva un libro contable de la ruina.
Un martes de julio, con una humedad que se metía en los huesos, hizo el peor día de todos: doscientos veinte pesos y una moneda de otro país que alguien le tiró como quien se saca una basura del bolsillo.
Se sentó en el cordón de la calle Perú, contra la persiana bajada de una zapatería, y por primera vez en catorce meses entendió con claridad matemática que aquello no tenía salida, que el descenso no era una etapa sino un lugar donde uno se muda, y que la gente que pasaba por al lado no era mala: simplemente él ya no formaba parte de la categoría de las cosas que se miran.
Estuvo así un rato largo. No lloró. Ya no.
Y entonces se le paró alguien enfrente.
Era una mujer de unos sesenta años, chiquita, con un delantal debajo del tapado, de esas que salen del trabajo con el bolso apretado contra el cuerpo. Traía un vaso de telgopor.
—Tomá —dijo—. Está caliente.
Rufino levantó la cabeza. El movimiento le costó, porque hacía mucho que no lo hacía.
—No tengo con qué pagarle.
—No te lo estoy vendiendo. —La mujer se lo puso en la mano con una firmeza casi maternal, casi enojada—. Yo también dormí en la calle en el 2002, cuatro meses. Nadie se acuerda. Yo sí.
Y se fue. No le preguntó el nombre, no le dio un sermón, no le sacó una foto. Caminó hasta la esquina, dobló y desapareció, y Rufino Paz se quedó con un café con leche entre las manos, quemándose los dedos, sintiendo el calor subirle por los brazos como una noticia.
No arregló nada. Al día siguiente seguía sin casa, sin trabajo y sin cuñado. La ciudad seguía igual de sorda, la calle igual de larga, y a Rufino le quedaban por delante muchos meses malos.
Pero esa noche, cuando se sentó en el umbral a contar las monedas, se dio cuenta de que se había equivocado en algo.
Había estado haciendo mal la cuenta.
Había estado anotando solamente lo que le sacaban.
Es el 7º relato de Tandas de Sombra y Memoria
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