Relato inspirado libremente por el universo emocional de «Uno»
Enseñar a abrazar sin dejarse abrazar: conozco pocas formas más elegantes de cobardía, y pocas más humanas. Este relato es para todos los que dan clase de algo que ya no pueden hacer.
Tomás Arriaga daba clase los martes y los jueves en un primer piso de la calle Sarandí, con un espejo rajado, un equipo de música de 1994 y catorce alumnos que lo adoraban.
Enseñaba el abrazo mejor que nadie en Buenos Aires. Era famoso por eso. Venían de Rosario, de Montevideo, de Helsinki. Explicaba que el abrazo no era una postura sino una pregunta; que el que lleva no empuja, propone; que hay que esperar la respuesta del otro cuerpo antes de dar el paso, porque si uno no espera, no está bailando: está trasladando un mueble.
Lo decía con las manos. Lo demostraba en el aire, marcando el contorno de una mujer invisible.
Nunca abrazaba a nadie.
Los alumnos nuevos tardaban dos o tres clases en notarlo y después ya no lo notaban, porque uno se acostumbra rápido a las rarezas de los maestros. Tomás corregía de costado, apoyando apenas dos dedos en un omóplato. Bailaba solo, marcando su propio eje, y era hermosísimo y era horrible, como ver a alguien poner la mesa para dos todas las noches.
Delia empezó a ir en abril. Tenía cincuenta y siete años, se había separado en enero y bailaba mal con un entusiasmo que Tomás encontró indecente al principio y conmovedor a la tercera clase.
Un jueves, cuando ya se habían ido todos, ella se quedó cambiándose los zapatos con una lentitud sospechosa.
—¿Puedo preguntarte algo?
—No.
—¿Por qué no bailás con nadie?
Tomás guardó los cables del equipo. Tenía sesenta y ocho años, una espalda que le dolía desde los cuarenta y una respuesta preparada desde hacía veinte.
—Porque el maestro que baila con las alumnas termina siendo otra cosa, y a mí ya me alcanza con ser esto.
—Mentira.
Él levantó la vista, sorprendido de que alguien se tomara el trabajo.
Delia se puso el saco.
—Yo estuve casada treinta años con un hombre que me explicaba cómo hacer las cosas mientras se iba de la habitación. Conozco el tono. Vos no bailás porque tenés miedo.
Tomás se quedó con el cable enrollado en la mano.
Podría haberla echado. Podría haber dicho una frase amable y falsa, de esas que él fabricaba con la facilidad de un torno. En cambio se sentó en la silla de plástico, se sacó los anteojos y dijo, en voz muy baja, un nombre de mujer.
—Se llamaba Cecilia. Bailamos juntos catorce años. Ganamos campeonatos que hoy no le importan a nadie. Después ella se fue con un violinista a Rotterdam y yo estuve dos años sin poder escuchar música. Cuando volví a escucharla, descubrí que podía enseñar todo lo que sabía, absolutamente todo, siempre que no tuviera a nadie en los brazos.
—¿Y por qué?
—Porque si abrazo a alguien y no es ella, se me confirma. —Se frotó los ojos—. Mientras no abrace a nadie, es como si no hubiera terminado de irse.
Delia se quedó parada en el medio del salón, con el bolso colgando.
—Yo bailo espantoso —dijo—. No tengo eje, me adelanto siempre, y en los giros me caigo para adentro. No hay ningún riesgo de que te recuerde a una campeona.
Tomás la miró largo rato.
Después se levantó, cruzó el salón, puso el disco que ponía siempre para el final de la clase y le ofreció la mano derecha con la palma hacia arriba, como se ofrece un vaso de agua.
Ella entró en el abrazo con la torpeza de una principiante, le clavó el mentón en la clavícula y le pisó el pie a los cuatro compases.
Tomás Arriaga cerró los ojos y sintió, por primera vez en veintiún años, el peso exacto y desprolijo de otro ser humano confiando en él.
No llevó. No marcó. No propuso nada.
Se quedó quieto en el medio del salón, abrazado a una mujer que bailaba mal, y dejó que la música pasara por encima de los dos como pasa el agua por encima de una piedra que estuvo demasiado tiempo seca.
Es el 5º relato de Tandas de Sombra y Memoria
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