Relato inspirado libremente por el universo emocional de «Los mareados»
Escribí este relato pensando en los amores que no fracasan del todo: los que se administran, con una disciplina de contadores, para que duren toda la vida sin arruinar ninguna otra.
El pacto lo hicieron en 1991, borrachos, en una confitería de la avenida de Mayo que ya no existe.
Él se llamaba Aldo y estaba por casarse en dos meses con una mujer buena. Ella se llamaba Irene y acababa de aceptar un trabajo en Córdoba que no podía rechazar. Los dos sabían —lo sabían con esa lucidez espantosa que da el alcohol a las tres de la mañana— que se estaban queriendo en el peor momento posible, con el peor calendario posible, y que si insistían iban a arruinar cuatro o cinco vidas ajenas por una felicidad que además, siendo francos, quizá no aguantara el uso diario.
Entonces Irene propuso el negocio.
—Cada cinco años —dijo—. Un solo día. Acá. El 14 de agosto. No nos escribimos, no nos llamamos, no preguntamos por el otro. Nos vemos, nos contamos todo, y a las siete de la mañana cada uno se va a su vida.
—¿Y si uno no viene?
—Entonces el otro entiende y no pregunta.
Vinieron los dos, siempre.
En 1996 él llegó con la cara de un hombre que no dormía: había tenido gemelos y no había vuelto a leer un libro en dos años. Ella se había comprado un departamento y un perro.
En 2001 hablaron de plata durante tres horas, porque el país no dejaba hablar de otra cosa, y después lloraron un poco por razones que no tenían nada que ver con el país.
En 2006 Irene apareció con una alianza y una foto de un hombre de barba, y él le dijo que era feo y ella le dijo que sí y se rieron hasta que les dolió la garganta.
En 2011 Aldo contó que su mujer había estado enferma y que se había curado, y que en el peor mes él había rezado por primera vez desde la infancia, y que si Dios existía le debía un favor.
En 2016 los dos estaban más viejos y más buenos, que es lo que a veces pasa.
Nunca se tocaron. Ese era el otro artículo del contrato, el que nunca escribieron. Se sentaban a la misma mesa, uno enfrente del otro, tomaban vino, se contaban la vida entera con una honestidad que ninguno de los dos usaba con nadie más, y a las siete de la mañana se despedían en la vereda con un beso en la mejilla que duraba un segundo más de lo normal.
En 2021, por el Covid, no hubo encuentro. Se perdonaron ese año en silencio, cada uno en su casa, mirando la fecha en el calendario.
El 14 de agosto de 2026, Aldo llegó a las nueve de la noche.
El local había cambiado de dueño y de nombre y ahora tenía luces frías y un menú con códigos QR, pero él pidió la mesa del fondo y se sentó a esperar con la espalda derecha, recién afeitado, con un saco que se había comprado esa misma semana como un idiota de veinte años.
A las once no había llegado.
A la una tampoco.
A las tres de la mañana el mozo —un pibe con aros, que lo había estado mirando toda la noche con esa piedad insoportable de la gente joven— se acercó a la mesa y le dejó al lado del vaso un sobre gastado.
—Perdón, señor. Una señora dejó esto hace como tres meses. Dijo que si venía un hombre solo el 14 de agosto y se sentaba en esta mesa, se lo diéramos. Le juro que pensé que era una broma.
Aldo miró el sobre un minuto largo antes de tocarlo.
Adentro había media hoja escrita con una letra que él conocía mejor que la suya.
Decía tres cosas.
Que le habían encontrado algo en marzo y que no valía la pena entrar en detalles médicos, que siempre la habían aburrido.
Que él había sido el mejor negocio de su vida: treinta y cinco años de amor a un costo social de siete noches.
Y que esta vez, por favor, no la esperara hasta las siete.
Es el 6º relato de Tandas de Sombra y Memoria
Si te ha gustado puede valorarlo y dejar una reseña.
El próximo relato se publicará en quince días: "El hombre que contaba monedas"
Si te inscribes en la Web te informaré cada vez que publique un relato o un artículo.
Si te ha gustado este relato, descubre la novela La Dama del Tango, una historia de amor, memoria y redención ambientada en el Buenos Aires de los años veinte. Clic para el libro La Dama del Tango