Relato inspirado libremente por el universo emocional de «Barrio de tango»
Todos heredamos de nuestros padres una casa, un apellido y un secreto. Este relato trata del tercero.
La casa olía a humedad y a jazmín seco. Renata —Renata Beltrán, cuarenta y un años, contadora, divorciada, alérgica al polvo y a las herencias— abrió las persianas de un manotazo y estornudó tres veces seguidas.
Su padre había vivido cincuenta y dos años en esas cuatro habitaciones de Pompeya y ella lo había visitado, calculó con culpa mientras hacía el inventario, unas doce veces por año en las últimas dos décadas. Doscientas cuarenta visitas para toda una vida de padre. Le pareció una cifra miserable y siguió trabajando, porque para eso sirve el trabajo.
Encontró lo esperable: ropa, herramientas, facturas de gas de 1998, una radio, un rosario que nadie usó nunca. Y en el ropero, envuelto en una manta del ejército, un bandoneón.
Renata se sentó en la cama con el instrumento sobre las rodillas, desconcertada. Su padre no tocaba. Su padre era un hombre callado que arreglaba motores, tomaba vino con soda y miraba el noticiero con las manos cruzadas sobre la panza. En cuarenta y un años ella no lo había visto jamás cantar, ni silbar, ni marcar un compás con el pie.
Bajó al patio con el bandoneón y ahí estaba la vecina, Doña Elsa, ochenta y pico, apoyada en la medianera como quien lleva décadas apoyada ahí.
—Ah —dijo Elsa, y no dijo nada más durante un rato largo—. Así que lo encontraste.
—No sabía que tocaba.
—No tocaba. —La vieja se acomodó el pulóver—. Tocaba de noche, con la ventana del zaguán abierta y la luz apagada. Nunca de día. Nunca para nadie.
Renata miró la ventana del zaguán, que daba a la calle angosta y empedrada, y después miró, sin querer, la casa de enfrente: una casa baja, con la puerta pintada de verde, con las persianas cerradas.
Elsa siguió la dirección de sus ojos y suspiró.
—Se llamaba Amanda —dijo—. Vivía ahí. Tu padre la quiso desde los diecinueve años y ella se casó con otro en el cincuenta y nueve. Después el otro se murió, pero para entonces tu padre ya se había casado con tu madre, y tu padre era un hombre de los que cumplen. Así que hicieron eso.
—¿Eso qué?
—Eso. Él tocaba. Ella escuchaba. Cuarenta años, nena. Él abría la ventana a las once de la noche, cuando tu madre ya dormía, y tocaba dos, tres tangos. Y en la casa de enfrente se encendía la luz del living. Esa era toda la conversación.
Renata sintió una cosa rarísima en la garganta: no eran celos por su madre, ni escándalo, ni pena. Era envidia. Envidia pura y química de una fidelidad tan obstinada y tan inútil.
—¿Y cuando ella murió?
—No murió. —Elsa señaló con el mentón la casa de la puerta verde—. Está. Tiene noventa y uno y la cabeza le funciona mejor que la mía. Hace tres semanas que no se enciende esa luz, desde el velorio de tu papá. Yo la miro todas las noches.
Esa noche Renata no volvió a su departamento.
Se quedó en la casa vacía, comió un sándwich parada sobre la mesada, y a las once en punto abrió la ventana del zaguán y apagó la luz.
Se sentó en la silla de su padre, se puso el bandoneón sobre las piernas y descubrió que no tenía la menor idea de cómo se abría. Tiró de un lado. Apretó una tecla. El instrumento largó un quejido horrible, desafinado, obsceno, un ruido de animal pisado que se fue por la calle empedrada y rebotó en las paredes de Pompeya.
Renata se tapó la cara con las manos, muerta de vergüenza, y estuvo a punto de llorar.
Entonces, en la casa de enfrente, se encendió la luz del living.
Es el 4º relato de Tandas de Sombra y Memoria
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El próximo relato se publicará en quince días: "El maestro que no se dejaba abrazar"
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