Relato inspirado libremente por el universo emocional de «Nostalgias»

Nos gusta imaginar que la persona a la que dejamos se quedó detenida, esperándonos. Casi nunca es cierto, y esa es la verdadera nostalgia: descubrir que el otro siguió viviendo. Este relato es una pequeña venganza contra la vanidad de los que se van.

El médico le había prohibido el alcohol, el cigarrillo y las emociones fuertes, y Damián Sorrentino cumplía dos de las tres prohibiciones, que ya es un porcentaje respetable a los setenta y seis años.

Iba a la milonga de los miércoles porque le quedaba a ocho cuadras y porque un hombre solo necesita, por lo menos, un lugar donde alguien le diga el nombre. Bailaba poco. Miraba. Tomaba soda con limón. Era, para las señoras del salón, un caballero antiguo y ligeramente triste, y esa reputación le costaba muy poco esfuerzo porque era exacta.

Aquel miércoles el musicalizador puso una tanda de Troilo con Fiorentino y arrancó con "Nostalgias".

Damián sintió el golpe en el esternón, ese lugar donde la memoria pega antes que en la cabeza. Cerró los ojos. Tenía veinticinco años, era 1974, había una pieza alquilada en Almagro, y había una mujer que se llamaba Renata y que le planchaba las camisas mientras le explicaba, sin levantar la vista, que él iba a arruinarle la vida.

No se equivocó. Un martes de septiembre él dejó una nota sobre la mesa de la cocina. La nota decía cosas nobles sobre el futuro, la libertad y las circunstancias, y no decía la única verdad, que era el miedo.

Abrió los ojos porque la puerta del salón hizo ruido.

Entró una mujer de pelo blanco cortado a la altura de la mandíbula, con un tapado gris y un bolsito con los zapatos. Saludó a dos o tres. Se sentó en la fila de las mujeres. Se cambió el calzado con esa ceremonia sin apuro de las que llevan cincuenta años haciéndolo.

Era Renata.

A Damián le vino un mareo, un calor, una certeza absurda: había vuelto por él. Cincuenta años esperando, y la vida —que a veces es una guionista mediocre— los juntaba justo en la tanda justa.

Esperó. La cortina. La tanda siguiente. Cruzó la mirada, cabeceó como se cabecea desde 1930 en esta ciudad, y ella aceptó con un movimiento mínimo de las cejas, sin ninguna sorpresa.

Se encontraron en la pista. Ella lo miró de frente, de cerca, con una calma que a él le dio miedo.

—Hola, Damián.

—Renata.

—Estás viejo.

—Vos también.

—Yo hace más tiempo. Me empecé a poner vieja un martes de septiembre. —Levantó el brazo y se lo apoyó en el hombro—. Bailemos, que ya arrancó.

Bailaron. Él quiso hablar en la primera y ella le apretó la mano para hacerlo callar; en el tango, callarse es una forma de decir. En la segunda él aflojó y empezó a bailar en serio, y ella lo siguió como si nunca hubiera dejado de seguirlo, y hubo diez o quince segundos, en medio de la tercera, en los que Damián Sorrentino fue rotundamente feliz por última vez en su vida.

Cuando sonó la cortina, él no la soltó.

—Renata, yo quiero explicarte...

—No.

—Fueron cincuenta años.

—Cuarenta y nueve. —Se separó un paso, sin brusquedad—. Te esperé todos los martes durante un año. Un año entero, Damián, planchando camisas que ya no eran de nadie. Después me cansé y aprendí a bailar con otros. Me casé con un hombre bueno que se murió en el noventa y ocho, tuve dos hijas y una de ellas se llama como mi madre y no como la tuya. Tengo una vida entera que vos no conocés y que no te debo.

Él bajó la cabeza. Las luces del intervalo eran demasiado blancas.

—¿Una tanda más? —preguntó.

Renata le acomodó el cuello de la camisa con dos dedos, igual que cuarenta y nueve años atrás, y por un instante fue otra vez la muchacha de Almagro.

—Una sola —dijo—. Lo demás ya lo bailamos, y vos no estabas.


Es el 3º relato de Tandas de Sombra y Memoria

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El próximo relato se publicará en quince días: "La casa del zaguán"

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