Ecos de La Dama del Tango  ·  Relato X

El nombre de la Dama

Un narrador reúne pistas de distintas milongas sobre una mujer legendaria. Nadie sabe si existió. Todos tienen una historia.

Escuché el nombre por primera vez en una milonga del barrio de San Telmo, un jueves de octubre en que llovía sin ganas.

Yo buscaba historias. Eso es lo que hacen los que escriben cuando no saben todavía qué van a escribir: buscan historias en los lugares donde la gente se reúne a sentir algo. Las milongas eran buenos lugares para eso. Había en ellas una densidad de vida comprimida que no encontraba en otros sitios: todo ocurría en pocas horas, todo importaba, nadie fingía del todo.

Esa noche, el hombre sentado a mi lado mencionó a la Dama del Tango de pasada, como quien menciona a alguien que cualquiera debería conocer. Yo no la conocía. Pregunté. Él me miró con la expresión de quien acaba de descubrir que su interlocutor tiene una laguna imperdonable.

—¿Cómo que no sabe quién es la Dama del Tango?

—Por eso pregunto —dije.

Él abrió la boca para responder. Luego la cerró. Y entonces dijo algo que no olvidaría:

—El problema es que cada persona que la conoció la recuerda de manera diferente.

· · ·

Empecé a buscarla de la única manera que sé buscar las cosas: yendo a los lugares donde la gente habla y escuchando más de lo que pregunto.

Don Ernesto fue el primero en darme algo concreto. Lo encontré en su mesa del rincón, que era su mesa de siempre en una milonga que yo no había pisado antes pero que él llevaba décadas frecuentando.

—La Dama —dijo, cuando le pregunté— fue una mujer real. No un símbolo, no una leyenda inventada para dar carácter a los lugares. Una mujer de carne y hueso que bailaba de una manera que uno no olvidaba. No porque fuera espectacular. Sino porque cuando bailaba con ella uno sentía que le importaba. Que uno le importaba a ella, de verdad, en ese momento.

—¿Cuándo fue eso? —pregunté.

—Hace mucho. Los años hacen lo que hacen con la memoria: la agrandan y la difuminan al mismo tiempo. Pero el baile no lo he olvidado.

Guardó silencio. Luego añadió, con la voz de quien dice algo que le cuesta:

—Yo la llamé tarde. Cuando ya no había nada que llamar.

· · ·

Anselmo me recibió en el café donde tocaba, después de la última tanda de la noche.

Era un hombre que guardaba las palabras con la misma economía con que guardaba las notas de su bandoneón: solo las que hacían falta, ninguna de más. Me dijo que la Dama no había sido solo bailarina. Que había sido alguien que sabía demasiado en una época en que saber demasiado era peligroso.

—¿Sabe usted dónde está ahora? —pregunté.

Anselmo me miró.

—No —dijo—. Pero a veces creo que lo que fue no desaparece. Se transforma. Pasa a otras personas sin que ellas lo sepan.

Pensé en Inés, la alumna que un profesor de tango me había mencionado unos días antes: una joven que decía no haber bailado nunca pero que su cuerpo conocía pasos que nadie le había enseñado. Mencioné su nombre a Anselmo.

—No la conozco —dijo—. Pero me alegra que exista.

· · ·

Gabriel me habló del salón vacío.

Ya había empezado a reformarlo cuando lo encontré: los espejos nuevos, el suelo lijado y barnizado, la luz cambiada. Pero había conservado los carteles viejos. En uno de esos carteles, me señaló la fotografía de una mujer.

—Nadie sabe su nombre —dijo—. Solo que la llamaban la Dama del Tango. Y que este salón fue suyo, en algún sentido. No en el sentido de la propiedad. En el sentido de que ella lo hizo ser lo que fue.

—¿La vio usted? —pregunté.

Gabriel tardó en responder.

—Vi algo —dijo—. No sé cómo llamarlo. Pero cambió lo que pensaba sobre para qué sirve este trabajo.

· · ·

Busqué durante meses.

Revisé archivos de milongas que ya no existían, programas amarillentos, fotos sin nombre en el reverso. Encontré referencias sueltas, siempre indirectas: alguien que la había visto bailar, alguien que había escuchado hablar de ella, alguien que tenía una nota de su letra pero no sabía quién la había escrito.

Cada persona que la recordaba la recordaba diferente. Para algunos era una bailarina de una elegancia inalcanzable. Para otros era una mujer que había pagado un precio alto por saber demasiado. Para otros era simplemente eso: alguien que cuando bailaba contigo te hacía sentir que eras la persona más importante en la pista.

Ninguna descripción coincidía del todo con otra. Pero todas coincidían en una cosa: que su presencia había dejado algo en los que la conocieron. No un recuerdo exacto, sino algo más difuso y más duradero. Una manera de estar en la pista. Una forma de escuchar.

Me pregunté si eso no era ya una forma de inmortalidad.

· · ·

La fotografía la encontré en el último lugar donde busqué: en un archivo de una asociación cultural que llevaba décadas recopilando documentos sobre la historia del tango porteño.

Era una foto de estudio, en blanco y negro, probablemente de los años cuarenta o cincuenta. La mujer miraba a la cámara con una expresión que tardé en descifrar: no era arrogancia, no era timidez. Era algo más cercano a la certeza. La certeza de alguien que sabe exactamente quién es y no necesita que se lo confirmen.

Detrás de la fotografía había una frase escrita con lápiz, con una letra pequeña y firme:

«No busques mi historia. Báilala.»

· · ·

Esa noche, en el cuarto del hotel donde me había instalado durante esos meses de búsqueda, encendí el ordenador y escribí la primera línea.

No la primera línea de este relato. La primera línea de otra cosa, más larga, más compleja, más cercana a lo que ella merecía.

Escribí durante horas sin levantar la cabeza. Cuando paré, afuera había amanecido.

Me acerqué a la ventana. La ciudad estaba despertando con ese silencio particular de las mañanas en que todavía no ha llegado el ruido. En algún lugar cerca, alguien estaba escuchando tango. Se filtraba por una ventana entreabierta, desde un piso que no podía ver.

Pensé en Ramiro, que había vuelto a bailar una última tanda con alguien que no debería haber estado allí. Pensé en Julián y en el vestido azul. En Anselmo y en la carta dentro del bandoneón. En Héctor y Lucía, que habían bailado para liberarse. En Sofía y en lo que Don Ernesto le había enseñado sin querer enseñar nada. En Amalia y sus zapatos nuevos dejados en la entrada. En Marina, que se había soltado primero. En Gabriel, que había escuchado música donde no había orquesta. En Inés, que no sabía si venía a aprender o a recordar quién era.

Y comprendí que todos ellos habían estado buscando lo mismo sin saberlo.

Aquella noche comprendí que algunas mujeres no dejan biografía, dejan música. Y entonces escribí su nombre: la Dama del Tango.


Este es el 10º y último relato de la serie de 10 de la colección Ecos de La Dama del Tango

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