Zapatos para una despedida
Amalia entró en la zapatería un martes a mediodía, cuando el local estaba vacío y la luz de la calle entraba oblicua por el escaparate.
—Quiero unos zapatos para despedirme —dijo.
El zapatero, un hombre de unos sesenta años con el pelo blanco y los lentes sobre la frente, dejó de envolver la caja que tenía entre las manos. La miró. Había escuchado muchas cosas en cuarenta años de zapatería: pies planos, bodas, quinceañeras, espaldas rotas por el tacón equivocado. Pero aquello era diferente.
—¿De qué tipo? —preguntó con cuidado.
—De tango —dijo Amalia—. Los mejores que tenga.
Probó cuatro modelos antes de encontrar el correcto.
El primero era demasiado rígido: le recordó los años en que todo tenía que ser perfecto, cuando bailar era una demostración y no una conversación. Lo devolvió.
El segundo era de un rojo que le pareció demasiado urgente. En la vida había habido tiempo para ese color, pero ya no.
El tercero le quedaba bien, pero al ponérselo pensó en Víctor, y el recuerdo fue demasiado nítido para ignorarlo, así que lo dejó también.
El cuarto era negro, con un bordado dorado discreto en el talón. La hebilla era sencilla. El tacón tenía la altura justa para bailar sin apoyarse en nadie.
—Estos —dijo Amalia.
El zapatero los envolvió con papel de seda. No preguntó para qué fiesta eran ni cuándo sería la ocasión.
—¿Puedo preguntarle una cosa? —dijo Amalia, mientras firmaba el recibo.
—Claro.
—¿Usted cree que se puede despedirse bien de algo que uno quiso mucho?
El zapatero pensó en su respuesta como se piensan las cosas que importan.
—Creo que para eso hace falta ponerse los zapatos correctos —dijo al fin.
Amalia se vistió en casa con más cuidado del habitual.
Sonó el teléfono mientras se peinaba. Era su hija, llamando desde Madrid con esa voz de quien pregunta y ya sabe la respuesta.
—¿Estás segura de que quieres ir esta noche?
—Sí —dijo Amalia.
—¿Sola?
—Sola no. Con los zapatos nuevos.
Su hija no dijo nada más. A veces las hijas aprenden que hay decisiones de las madres que no les corresponde entender del todo.
Amalia colgó, terminó de peinarse, y se miró en el espejo un momento. Sesenta y un años, los ojos todavía claros, la postura que el tango le había dado a los veinte y que nunca le había quitado.
Víctor estaba en la milonga.
Claro que estaba. Amalia lo sabía desde antes de entrar. Estaba en su mesa de siempre, con su vaso de siempre, y cuando la vio se puso tan quieto que pareció que la música lo hubiera detenido.
Amalia se sentó a dos mesas de distancia. Pidió agua. Esperó.
Víctor tardó en acercarse, pero se acercó.
—Amalia. No sabía que vendrías esta noche.
—No lo sabía nadie —dijo ella—. Ni yo misma hasta esta tarde.
Él buscó algo en los ojos de ella. Quizás una señal, quizás un permiso.
—¿Bailamos? —preguntó.
—Hoy no quiero explicaciones —dijo Amalia—. Solo una tanda bien bailada.
Los zapatos nuevos le dolían un poco en el talón derecho.
Amalia lo supo desde el primer paso y decidió no importarle. Había cosas que valían un poco de dolor. Este era una de ellas.
Bailaron una tanda de Fresedo. La orquesta era buena esa noche, con un bandoneón que sabía cuándo callar tanto como cuándo sonar. Víctor la guiaba bien, siempre lo había hecho: era uno de esos hombres que en la pista tienen una escucha que en la vida cotidiana pierden o no saben usar.
Entre el segundo y el tercer tango, Víctor intentó decir algo.
—Amalia, yo...
—No —dijo ella, con suavidad—. Esta noche no.
Él cerró la boca. Y entonces empezó el último tango, y Amalia se entregó a él con una concentración que no había sentido en mucho tiempo. No pensó en el dolor del zapato. No pensó en el avión de mañana ni en el médico de la semana pasada ni en las palabras que Víctor no había sabido decir cuando todavía había tiempo.
Pensó solo en el tango. En la música que llegaba y se iba. En el cuerpo de ella, que todavía sabía cómo moverse aunque todo lo demás estuviera cambiando.
Cuando la tanda terminó, Amalia se soltó antes de que él quisiera.
Lo miró a los ojos un momento.
—Gracias —dijo. Y era suficiente.
Víctor intentó retenerla con la mano, apenas.
—¿Cuándo vuelves?
Amalia sonrió. Era una sonrisa tranquila, sin reproche.
—No lo sé. Pero cuando vuelva, si es que vuelvo, no será para pedir nada que no me den de buena gana.
Se marchó sin esperar respuesta. En la entrada, se quitó los zapatos. Los miró un momento con afecto. Luego los dejó sobre el banco de madera donde la gente se calzaba y descalzaba.
Una chica joven que esperaba para entrar los vio y preguntó si eran de alguien.
—Son tuyos, si los quieres —dijo Amalia—. Cuídalos. Son para bailar con todo.
Luego salió a la calle con los zapatos de calle y el paso de quien acaba de terminar algo que llevaba demasiado tiempo pendiente.
Al día siguiente, la chica encontró dentro de una de las puntas de los zapatos una tarjeta pequeña con tres palabras escritas en tinta azul: La Dama del Tango.
Este es el 6º relato de la serie de 10 de la colección Ecos de La Dama del Tango
Si te ha gustado puede valorarlo y dejar una reseña.
El próximo relato se publicará en más o menos una semana: "La tanda de Pugliese"
Si te inscribes en la Web te informaré cada vez que publique un relato o un artículo.
Si te ha gustado este relato, descubre la novela La Dama del Tango, una historia de amor, memoria y redención ambientada en el Buenos Aires de los años veinte. Clic para el libro La Dama del Tango