Ecos de La Dama del Tango  ·  Relato IX

La alumna silenciosa

Una alumna dice no saber bailar tango. Pero su cuerpo conoce secretos que nadie le enseñó.

Inés llegó tarde a la clase de iniciación y se sentó en el último banco sin quitarse el abrigo.

Tomás la notó desde el principio. No porque llegara tarde, sino por la manera en que llegó: sin mirar hacia la pista, como si tuviera miedo de lo que podría sentir si la miraba directamente. Eso no era timidez de principiante. Era otra cosa.

Cuando llegó el momento de emparejar a los alumnos para los primeros ejercicios, Tomás se acercó a ella.

—¿Primera clase?

—Sí —dijo Inés—. Nunca he bailado tango.

Tomás le ofreció el brazo para enseñarle la postura básica. Inés lo tomó. Y entonces Tomás se quedó quieto un momento, porque la postura con la que ella respondió no era la de una principiante.

Era exactamente correcta. No aprendida, sino conocida.

· · ·

—¿Segura de que no ha bailado antes? —preguntó.

—Segura —dijo Inés. Pero había algo en su voz, una ligera tensión, como quien responde una pregunta que le incomoda porque no sabe cómo responderla de otra manera.

Tomás la integró al grupo y siguió con la clase. Los demás alumnos tropezaban, miraban los pies, contaban en voz alta. Inés simplemente lo hacía. Sin mirar los pies, sin contar, sin ese instante de duda que siempre precede al primer paso de quien aprende algo nuevo.

Lo hacía como quien camina por una casa que conoce a oscuras.

Cuando pusieron música para el primer ejercicio libre, Tomás eligió un tango antiguo, de los años cuarenta. Una grabación con el sonido de las grabaciones de entonces, ese crujido de aguja sobre disco que le daba al sonido una textura particular.

Inés se detuvo en el centro de la pista.

—¿Qué pasa? —preguntó Tomás.

—Conozco esta música —dijo ella—. La soñé.

· · ·

Tomás le propuso bailar unos compases fuera del ejercicio grupal.

Los demás alumnos siguieron con sus parejas. Tomás tomó el abrazo de Inés con la atención que ponía cuando bailaba con alguien que le generaba curiosidad. Cerró los ojos un instante.

No era una principiante.

No en el sentido técnico, no en el sentido del número de horas. Era algo diferente: una calidad en el movimiento que normalmente se construye durante años de práctica intensa, una manera de escuchar la música desde el centro del cuerpo que Tomás asociaba con las bailarinas de una generación anterior.

Reconoció algo más: el estilo. Esa manera de apoyar el peso antes del paso. Ese modo particular de resolver el giro. Lo había visto en fotografías y en un video que una alumna anciana le había mostrado hace años, un video borroso de los años cincuenta con una bailarina que nadie había podido identificar.

Terminaron de bailar. Tomás no dijo nada todavía.

· · ·

Después de clase, Tomás revisó una caja de fotografías que guardaba en el almacén del estudio.

Las había coleccionado durante años: milongas antiguas, actuaciones, eventos. Buenos Aires de otras décadas. Encontrar lo que buscaba tomó casi media hora.

Pero lo encontró.

Una fotografía de los años cincuenta, en blanco y negro, tomada en un salón que Tomás reconoció como uno que ya no existía. En el centro de la pista había una pareja bailando, y la mujer tenía una postura que Tomás acababa de ver ese mismo día.

Al día siguiente esperó a que Inés llegara a clase.

—Quiero mostrarte algo —dijo.

Le mostró la fotografía. Inés la tomó entre las manos y la miró durante un tiempo que se hizo largo.

—¿La conoces? —preguntó Tomás.

—No sé —dijo Inés—. Creo que sí. Creo que es de la familia de mi abuela.

· · ·

Inés explicó que había llegado a la clase por una fotografía.

La había encontrado entre los papeles de su abuela, que había muerto el año anterior. Detrás de la foto había una dirección y una frase escrita a mano: «Cuando escuches el tango, vuelve.»

—¿Vuelve a dónde? —preguntó Tomás.

—No lo sé. Por eso vine. A ver si el tango me lo decía.

Tomás la miró un momento.

—¿Tu abuela bailaba tango?

—Nunca habló de ello. Pero había cosas en su casa: un par de zapatos de baile muy viejos guardados en su armario, programas de milongas. Y esa fotografía.

Tomás pensó en lo que había visto en la pista. En esa calidad del movimiento que no se aprende sino que se lleva.

—Creo que no estás aprendiendo tango —dijo—. Creo que lo estás recordando.

Inés no respondió de inmediato. Miró la fotografía que todavía tenía en las manos.

—¿Eso es posible?

—No lo sé —dijo Tomás—. Pero lo que vi en la pista no tiene otra explicación razonable.

· · ·

En ese momento, Inés pronunció un nombre.

Lo dijo sin pensar, como cuando uno busca una palabra que estaba ahí pero no llegaba y de repente aparece sola. No era el nombre de su abuela. Era otro nombre, un nombre que Tomás había leído en la parte de atrás de una de sus fotografías antiguas.

—La Dama del Tango —dijo Inés.

Y luego frunció el ceño, sorprendida de sí misma.

—No sé de dónde viene eso —dijo—. Nunca había oído esas palabras juntas.

Tomás la miró durante un momento largo.

—Yo sí —dijo.

Le ofreció seguir bailando con ella, sin clase, sin estructura, solo para ver qué más podría aparecer.

Inés lo miró con esa expresión de quien está en el borde de algo que no sabe todavía si quiere cruzar.

—No sé si vengo a aprender —dijo al final— o a recordar quién soy.

Tomás asintió.

—Eso —dijo— es exactamente lo que se pregunta alguien que lleva el tango dentro sin saberlo.


Este es el 3º relato de la serie de 10 de la colección Ecos de La Dama del Tango

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El próximo relato se publicará en más o menos una semana: "El nombre de la Dama"

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