La mesa del rincón

Don Ernesto observa la pista desde su mesa desde hace décadas. Esa noche guía a Sofía, una principiante.

La mesa del rincón siempre estaba reservada para Don Ernesto.

Nadie sabía desde cuándo. Nadie sabía quién la había reservado ni si existía alguna vez un papel firmado que lo dijera. Simplemente ocurría que cuando Don Ernesto llegaba, la mesa estaba libre. Y cuando él no estaba, nadie se sentaba en ella. Era uno de esos acuerdos no escritos que una milonga acumula con los años, como el polvo en los rincones y la memoria en las paredes.

Don Ernesto tenía setenta y ocho años y la mirada de alguien que lleva décadas viendo la misma pista desde el mismo ángulo. Decían de él que podía saber si una pareja duraría solo con ver cómo caminaban juntos los primeros ocho compases. Otros decían que era exagerado. Pero nadie que lo conociera bien apostaba en contra.

· · ·

Sofía llegó una noche de viernes con la cara de quien no sabe exactamente qué ha venido a buscar.

Tenía cuarenta y dos años y llevaba uno aprendiendo tango en una academia del centro. Su profesora le había dicho que ya era hora de que pisara una milonga de verdad. Sofía no estaba segura de estar de acuerdo, pero aquí estaba.

Se sentó en la primera mesa libre que encontró, que resultó ser la que estaba más cerca de Don Ernesto.

Él la miró. No de esa manera que incomoda, sino con la atención tranquila de alguien que lleva mucho tiempo estudiando personas.

—Primera vez —dijo. No era una pregunta.

—Se nota mucho, ¿verdad? —dijo Sofía.

—Solo si uno sabe mirar. Relájese. Aquí nadie muerde a los principiantes.

Sofía sonrió a pesar suya.

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Daniel se acercó antes de que terminara la primera tanda.

Era un hombre guapo, de unos cincuenta años, con la ropa bien elegida y los zapatos impecables. Bailaba bien, eso era visible incluso desde la mesa: con soltura, con adornos precisos, con esa confianza de quien sabe que la pista le pertenece.

Le pidió a Sofía que bailara. Sofía se levantó. Antes de alejarse, Don Ernesto dijo, muy bajo, casi para sí mismo:

—No confundas un buen adorno con un buen abrazo.

Sofía no entendió del todo. Pero algo de aquello se quedó rondando.

En la pista, Daniel la movía con precisión. La guiaba con firmeza, decidiendo cada paso, cada giro, cada adorno que ella debía hacer. Era espectacular a la vista. Sofía lo sabía porque podía verlo en los espejos, en cómo las otras parejas se corrían un poco para dejarles espacio.

Pero algo le faltaba. Daniel no la escuchaba. La llevaba. Era distinto.

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De vuelta en la mesa, Sofía tardó en decir algo.

—Baila muy bien —dijo al fin.

—Sí —dijo Don Ernesto—. Baila muy bien. ¿Qué sintió usted?

Sofía pensó en la respuesta correcta. Luego pensó que quizás la respuesta correcta no era la más interesante.

—Sentí que me exhibía —dijo—. Como si yo fuera parte del escenario y él el actor.

Don Ernesto asintió con lentitud.

—En la pista —dijo— algunas personas muestran lo que ocultan en la vida. Daniel es un hombre que necesita que lo vean. Eso no es un defecto, es una herida. Pero bailar con alguien herido en ese lugar particular es agotador.

—¿Y cómo se sabe si alguien no está herido ahí? —preguntó Sofía.

Don Ernesto sonrió, apenas.

—Cuando bailan, uno nota que escuchan. Que les importa más lo que siente el otro que lo que ve el resto.

· · ·

Más tarde, un hombre tranquilo le pidió un baile a Sofía. No era llamativo. Tenía una cara normal, una camisa normal, unos zapatos que no brillaban. La invitó con un cabeceo discreto, casi tímido, y cuando ella aceptó y se abrazaron, Sofía notó algo inmediatamente: él esperó.

Esperó a que ella encontrara el primer tiempo. Esperó a que ella estuviera lista. Y cuando empezaron a moverse, Sofía tuvo la extraña sensación de que el hombre simplemente le estaba ofreciendo un espacio, y que lo que ella hiciera dentro de ese espacio era completamente suyo.

Bailaron una tanda entera sin que él intentara demostrar nada.

Fue uno de los mejores bailes que Sofía recordaría.

· · ·

Al final de la noche, Don Ernesto habló sin que nadie le preguntara.

—Una vez tuve la suerte de bailar con alguien que me escuchaba de esa manera. Y en lugar de cuidar ese abrazo, me dediqué a perfeccionar mis figuras. Pensé que si yo era mejor bailarín, ella querría quedarse.

Se detuvo. Miró hacia una de las paredes donde colgaban fotografías antiguas.

—Ella se fue. No porque yo bailara mal. Sino porque nunca la escuché de verdad.

Sofía siguió su mirada. En una de las fotos había una mujer con un vestido claro y una postura de una elegancia particular. Miraba al frente con algo que no era exactamente orgullo, sino algo más parecido a la certeza.

—¿Quién era? —preguntó Sofía.

Don Ernesto guardó silencio un momento.

—Algunos la llamaban la Dama del Tango —dijo al fin—. Yo la llamé tarde.


Relato 5 de 10 de la colección Ecos de La Dama del Tango

Una historia de milonga, misterio, memoria y deseo

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El próximo relato se publicará en más o menos una semana: "Zapatos para una despedida"

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