Ecos de La Dama del Tango  ·  Relato IV

El cabeceo imposible

Dos antiguos amantes se reencuentran en una milonga después de veinte años de silencio.

Héctor se estaba cambiando los zapatos cuando la vio.

Estaba sentado en el banco de madera junto a la entrada, con un pie en el aire y la mirada en el suelo, y cuando alzó la cabeza para buscar el equilibrio la vio al otro lado del salón: de pie junto a una mesa, hablando con un hombre de pelo gris que Héctor no conocía, sonriendo con esa sonrisa que él sí conocía, que siempre había sido exactamente así, un poco más en el lado izquierdo de la boca que en el derecho.

Lucía.

Veinte años. Veinte años sin verla y ahí estaba, al otro lado de un salón de tango un sábado de invierno, como si el tiempo fuera una broma de mal gusto que el universo se hubiera tomado con él en particular.

Terminó de ponerse el zapato. Lo ató dos veces, sin necesidad.

· · ·

El código de la milonga tiene sus ventajas.

No se habla directamente. No se cruza la sala para saludar sin ser invitado. No se interrumpe a nadie en su mundo propio. En la milonga, la distancia es una cortesía y el silencio es una forma de respeto. Eso le dio a Héctor tiempo para respirar.

Desde su mesa, observó a Lucía sin que pareciera que la observaba. Ella hacía lo mismo. Héctor lo supo porque la conocía: ese modo de mirar de reojo sin girar la cabeza, esa manera de atender la conversación con el oído mientras los ojos hacen otra cosa.

Pensó en la última vez que se habían hablado. Una llamada corta, palabras cortantes, ese tipo de conversación que uno tiene cuando ya ha decidido que el otro es el culpable de todo y solo falta comunicárselo. Héctor había dicho cosas que no creía del todo. Lucía había dicho cosas que probablemente sí creía, y eso era peor.

Luego habían pasado veinte años.

· · ·

La orquesta empezó con Troilo.

Héctor miró la pista. Miró a Lucía. Lucía miraba la pista. Luego Lucía lo miró a él.

Durante tres segundos exactos, ninguno de los dos parpadeó.

El cabeceo fue tan pequeño que casi no existió: un descenso mínimo de la barbilla, una pausa en el movimiento de los ojos. Héctor no supo si fue él quien lo hizo o ella quien lo inició. Pero los dos se pusieron de pie al mismo tiempo.

Se encontraron en el borde de la pista. Héctor extendió el brazo. Lucía puso la mano sobre su hombro. Se miraron un momento, de cerca, como dos personas que se están viendo por primera vez en mucho tiempo y todavía están calibrando cuánto ha cambiado el otro y cuánto no.

Luego empezaron a bailar.

· · ·

El primer tango fue formal. Correcto. Lleno de técnica y de distancia interior.

Sus cuerpos se recordaban pero se cuidaban. Como dos personas que hablan de cosas sin importancia porque las importantes dan demasiado vértigo. Los pasos eran buenos, la conexión era suficiente, pero había algo que faltaba, una entrega que ninguno de los dos estaba dispuesto a hacer todavía.

Entre el primer y el segundo tango, Lucía habló:

—No vine para reprocharte nada.

Héctor tardó en responder. Cuando lo hizo, lo dijo sin apartar la vista del frente:

—Entonces vine yo para reprochármelo todo.

Lucía no respondió. Pero el abrazo cambió un poco, solo un poco, como cuando alguien que llevaba los hombros tensos los deja caer sin darse cuenta.

· · ·

El segundo tango fue diferente.

No más correcto, no más técnico. Pero más verdadero. Los silencios entre los pasos empezaron a tener contenido. La pausa antes del giro. La presión del abrazo justo antes de cambiar el peso. Pequeñas cosas que en el tango son conversaciones completas.

Héctor recordó la noche en que no fue a buscarla. No porque no quisiera. Porque tuvo miedo, y el miedo había tenido la forma exacta de la soberbia, que es como suele disfrazarse cuando no quiere que lo reconozcan.

En el último tango, Héctor comprendió algo que no había sabido nombrar hasta entonces: no quería recuperar lo que habían tenido. Lo que quería era liberarlo. Dejarlo descansar. Que dejara de pesar.

Bailaron el último tango con esa calma rara que tienen las cosas que ya no necesitan demostrar nada.

· · ·

La cortina sonó. Se soltaron. Se miraron.

—Gracias —dijo Lucía.

—Gracias —dijo Héctor.

No hubo teléfonos. No hubo promesas. Lucía volvió a su mesa. Héctor volvió a la suya.

Marta, que había llegado mientras bailaban y se había sentado a esperarlo sin preguntar nada, lo miró con una curiosidad serena cuando él se acomodó en la silla.

—¿Era alguien importante? —preguntó.

Héctor pensó en ello un momento. Lo pensó de verdad, sin buscar la respuesta que sonara bien.

—Lo fue —dijo al final—. Ahora es paz.

Marta asintió, como si eso fuera exactamente lo que había esperado escuchar. Y la orquesta empezó de nuevo, y el salón siguió girando, y Héctor sintió que algo que había cargado durante veinte años acababa de encontrar, por fin, un lugar donde quedarse.

· · ·

Lucía había vuelto a la ciudad porque buscaba un libro, una historia, quizá una mujer de la que había oído hablar: la Dama del Tango.


Una historia de milonga, misterio, memoria y deseo

Este es el 4º relato de la serie de 10 de la colección Ecos de La Dama del Tango

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El próximo relato se publicará en más o menos una semana: "La mesa del rincón

Si te inscribes en la Web te informaré cada vez que publique un relato o un artículo.



Este es el 4º relato de la serie "Ecos de la Dama del Tango". Si te ha gustado puede valorarlo y dejar una reseña. 

El próximo relato se publicará en más o menos una semana: "- La mesa del rincón".

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