El bandoneón cerrado · Ecos de La Dama del Tango
Ecos de La Dama del Tango  ·  Relato III

El bandoneón cerrado

Un viejo bandoneonista guarda en su instrumento el secreto de una cantante desaparecida.

Anselmo llegó al café con su bandoneón bajo el brazo, como siempre, y como siempre se sentó en el banco de madera junto a la pared del fondo, sin saludar a nadie en particular y sin ignorar a nadie en especial. Era un hombre de ochenta años largos, la espalda todavía recta, las manos manchadas por el tiempo pero no por la pereza.

Todos en el café sabían dos cosas de Anselmo: que era el mejor bandoneonista que había pisado ese local en cuarenta años, y que había un tango que nunca tocaba.

Nadie sabía el nombre exacto de esa pieza. Solo sabían que existía porque una noche, muchos años atrás, alguien se lo había pedido y Anselmo había respondido: «Ese no». Con una sola palabra, como si la pieza en cuestión no tuviera nombre sino solo un peso que no se podía mover.

· · ·

Mateo tenía veintitrés años y estaba aprendiendo a tocar el bandoneón desde hacía dos.

El dueño del café lo había contratado como ayudante, pero Mateo pasaba más tiempo observando a Anselmo que fregando vasos. Había algo en ese hombre que lo inquietaba: no la tristeza, que en los músicos viejos es casi un accesorio, sino la manera en que cuidaba su instrumento. Con demasiada atención. Como si contuviera algo más que teclas y fuelles.

Una noche, mientras Anselmo afinaba antes de empezar, Mateo vio la llave.

Era pequeña, de bronce oscuro, atada con un cordón delgado al asa del estuche. No era una llave de candado ni de cajón. Era de esas llaves antiguas que abren compartimentos que ya nadie recuerda.

—¿Qué abre? —preguntó Mateo, sin rodeos.

Anselmo lo miró un momento, largo. Luego respondió:

—El olvido.

Y empezó a tocar sin dar más explicaciones.

· · ·

Esa noche, a mitad de la función, un hombre desde el fondo del café pidió el tango que Anselmo nunca tocaba.

No gritó. Lo dijo con la voz tranquila de alguien que ya ha calculado el efecto de sus palabras. Mateo no pudo ver bien su cara: estaba sentado en la mesa más oscura, cerca de la puerta, con el sombrero puesto a pesar de estar bajo techo.

Anselmo se detuvo. Sus manos quedaron quietas sobre el instrumento.

—Ese no —dijo, igual que siempre.

El hombre no insistió. Solo cruzó los brazos y se quedó mirando.

Mateo fue a buscar al dueño. Le dijo que había alguien raro en la mesa del fondo. El dueño lo miró un momento, luego miró hacia el fondo del salón, y se puso pálido con una rapidez que Mateo no olvidaría en mucho tiempo.

—Anselmo tiene que tocar esa pieza esta noche —dijo el dueño, en voz muy baja—. Ese hombre no viene a escuchar música.

· · ·

Después de la primera tanda, Anselmo llamó a Mateo con un gesto.

—Siéntate —dijo.

Mateo se sentó en el banco, a su lado.

Anselmo guardó silencio un momento. Luego habló, con la misma calma con que tocaba: sin prisa, eligiendo cada nota.

—Isabel era cantante. Hace cuarenta años, en este mismo café. Una voz que no se describe: se padece. Una noche, la última noche que la vi, me entregó un sobre. Me dijo: «Si mañana no vuelvo, no dejes que esto caiga en manos equivocadas.»

—¿Qué había en el sobre? —preguntó Mateo.

—Una carta. Y la carta me dijo cosas que yo no quería saber. Cosas sobre hombres que tenían dinero y poder y no querían que nadie supiera cómo lo habían conseguido.

—¿Y ella? ¿Volvió?

Anselmo miró sus manos.

—No.

Mateo siguió la mirada de Anselmo hasta el estuche del bandoneón. Hasta la llave de bronce atada al asa.

—La carta está ahí dentro —dijo.

No era una pregunta. Anselmo asintió, apenas.

· · ·

El hombre del fondo no se había movido.

Anselmo lo observó un momento desde el banco. Luego miró a Mateo con una decisión que parecía llevar décadas tomando.

—Estoy cansado de guardar silencio —dijo—. El silencio no protegió a Isabel. Solo me protegió a mí, que no merecía tanto cuidado.

Abrió el estuche. Con la llave pequeña abrió un compartimento lateral, disimulado entre el forro de tela. Sacó un sobre amarillento, sellado todavía.

Mateo lo abrió con cuidado. La letra era pequeña y urgente, de alguien que escribe deprisa porque sabe que el tiempo se acaba.

La carta decía nombres. Decía cifras. Decía lo que ciertos hombres habían hecho con ciertas mujeres en ciertos salones de Buenos Aires durante años. Decía la verdad de una manera tan precisa y tan fría que daba más miedo que cualquier amenaza.

Y al final, en la última línea, Isabel escribía:

«No huí por cobardía. Huí porque sabía demasiado. Si algún día alguien pregunta por mí, dile que busque a la Dama del Tango. Ella sabe el resto.»

· · ·

Anselmo cerró los ojos un momento.

Luego abrió el bandoneón y empezó a tocar.

Tocó el tango que nunca había tocado. Lo tocó completo, desde el principio hasta el final, sin apresurarse y sin miedo. Era una pieza lenta y de una belleza particular, de esas que suenan a algo que se perdió antes de que uno pudiera aprenderlo de memoria.

Cuando terminó, Mateo miró hacia la mesa del fondo.

El hombre ya no estaba.

—¿Qué decía la carta? —preguntó Anselmo, sin abrir los ojos.

—La verdad —dijo Mateo—. Toda la verdad.

Anselmo asintió, muy despacio. Como si esa respuesta fuera la única que había estado esperando en cuarenta años.


Este es el 3º relato de la serie de 10 de la colección Ecos de La Dama del Tango

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El próximo relato se publicará en más o menos una semana: "El cabeceo imposible

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