Relato inspirado libremente por el universo emocional de «Sur»

Volví a leer a los que escribieron el sur de Buenos Aires y pensé que un barrio no desaparece cuando lo demuelen, sino cuando se muere la última persona capaz de dibujarlo de memoria. De ahí salió esta historia.

El plano se lo había hecho su padre en 1962, sobre el reverso de un almanaque de la carnicería, con un lápiz de carpintero que dejaba un trazo grueso y azul.

Aníbal lo llevaba en el bolsillo interior del saco, doblado en cuatro, con los pliegues ya rotos y pegados por dentro con cinta. Setenta y ocho años y un plano de un barrio que —lo sabía, se lo habían advertido por teléfono desde Buenos Aires con la delicadeza de un parte médico— ya no estaba.

Bajó del colectivo donde le dijeron que bajara y no reconoció nada.

Había torres. Había una avenida ancha donde antes había un pasaje de tierra que se inundaba en cada tormenta y que su madre cruzaba con los zapatos en la mano. Había una estación de servicio en el lugar exacto donde su padre le había enseñado a andar en bicicleta sosteniéndole el asiento y mintiéndole que no lo soltaba.

Caminó tres horas. Sacó el plano, lo orientó como un marinero, buscó el paredón del almacén, el paraíso de la esquina, el terraplén. Nada. Se sentó en el cordón porque las piernas le avisaron que ya estaba bien, y se quedó un rato largo mirando el asfalto con una humillación que no le había producido ni la vejez ni el exilio: la de haber viajado once mil kilómetros para comprobar que su infancia era un rumor.

Entró en un café de esos nuevos, con luces bajas y plantas colgando, porque necesitaba sentarse y porque hacía frío. Pidió un cortado. Puso el plano sobre la mesa para que se secara del sereno.

La chica que atendía tendría veinticinco años, el pelo verde y un tatuaje de una golondrina en el antebrazo. Dejó el pocillo, miró el papel al pasar y se quedó.

—Perdón —dijo—. ¿Eso qué es?

—Un barrio que ya no está.

Ella se inclinó. Leyó los nombres escritos con lápiz de carpintero: los apellidos de las familias, no los de las calles. Los Fernández. El turco Simón. La viuda Pratti. La cancha de los Sosa. El paraíso.

—El paraíso —dijo la chica, y se enderezó despacio—. Mi abuela hablaba de un árbol así. Decía que las chicas se sentaban abajo a esperar que pasaran los muchachos y que la madre las miraba desde la ventana. Yo pensaba que lo inventaba.

—¿Cómo se llamaba su abuela?

—Nélida. Nélida Pratti.

Aníbal apoyó las dos manos en la mesa, como si el café se hubiera movido.

—La viuda Pratti tenía tres hijas —dijo—. La del medio jugaba mejor a la pelota que todos nosotros y no la dejaban.

—Esa era ella. —A la chica se le llenaron los ojos con una velocidad que la avergonzó—. Murió en marzo.

Se quedaron callados. Afuera pasaban los colectivos por la avenida ancha, encima del pasaje de tierra, encima de la bicicleta, encima de todo.

Después la chica trajo una servilleta y una birome y le pidió, con un pudor que Aníbal no le conocía a la gente joven, que le mostrara dónde quedaba cada cosa. Él dibujó. Ella preguntó. Preguntó por el almacén, por el terraplén, por qué se hacía los domingos, por el olor que tenía la calle cuando regaban en verano, por qué música salía de las ventanas.

Cerraron el café a la una de la mañana y siguieron en la vereda, con las sillas dadas vuelta sobre las mesas.

Cuando se despidieron, Aníbal sacó el plano del bolsillo, lo alisó con el canto de la mano sobre la vidriera y se lo dio.

—No —dijo ella—. Es suyo.

—Es de quien lo pueda dibujar de nuevo. —Se acomodó la bufanda—. Los barrios no se demuelen, m'hija. Se heredan.


Es el 2º relato de Tandas de Sombra y Memoria

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El próximo relato se publicará en quince días: "Una sola tanda"

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