Relato inspirado libremente por el universo emocional de «Volver»

Hay regresos que no son un viaje, sino un interrogatorio. Uno cree que vuelve a un lugar y en realidad vuelve a preguntarle a alguien por qué no lo esperó. Este relato nació de esa sospecha.

Ernesto Vidal volvió a Buenos Aires con una valija más liviana que la que se había llevado cuarenta años antes. Es una cuenta que hacen todos los que regresan tarde: uno se va cargado de proyectos y vuelve con dos camisas y un frasco de pastillas.

Nadie fue a esperarlo. Había calculado esa soledad durante el vuelo, como quien se prepara para el frío poniéndose el abrigo antes de salir, y aun así el hall del aeropuerto le resultó de una crueldad innecesaria. Tomó un taxi. Dio una dirección que ya no existía y tuvo que corregirse dos veces.

El hotel era decente y triste. Durmió catorce horas y despertó a las nueve de la noche sin saber en qué país estaba. Entonces se afeitó, se puso el único traje que había traído y salió a caminar hacia el sur, hacia la calle donde estaba —donde había estado, se corrigió otra vez— el salón Rodríguez Peña.

Estaba. Esa fue la primera sorpresa. Buenos Aires había tirado abajo la casa de sus padres, la escuela, la fábrica y el café de la esquina, pero había dejado en pie el salón, con la misma escalera angosta y el mismo olor a madera encerada y perfume viejo. Pagó la entrada. La chica de la puerta lo miró con esa ternura administrativa que la gente joven le dedica a los hombres de ochenta años.

Adentro sonaba una orquesta grabada. Había cuarenta o cincuenta personas: parejas de sesenta, muchachos con zapatos nuevos, extranjeros aplicados. Ernesto se sentó en la última mesa y pidió un vino que no pensaba tomar.

Y entonces la vio.

Estaba junto a la ventana, en la mesa de siempre, con un vestido oscuro y el pelo recogido, la espalda tan derecha como cuarenta años atrás. Amalia. La reconoció antes de creerlo, que es la única forma verdadera de reconocer a alguien.

Se quedó quieto una tanda entera. Después dos. Se dijo que era una locura, que las mujeres a las que uno abandona no se quedan sentadas cuarenta años en la misma silla esperando que a uno le vuelva la vergüenza. Se dijo que la vejez confunde. Se dijo, incluso, que quizá fuera una hija.

A la tercera tanda se levantó.

Caminó hasta la ventana con el corazón haciéndole ruido de bandoneón desafinado y se quedó parado frente a ella, sin saber cómo se empieza una frase que uno debió decir en 1984.

—Amalia —dijo al fin.

Ella no se sobresaltó. Ladeó apenas la cabeza, como quien afina un instrumento.

—Sacame a bailar —contestó—. Después hablamos.

Bailaron. Él tenía miedo de las rodillas, del piso, del ridículo, y descubrió que el cuerpo se acuerda de cosas que la cabeza tuvo la delicadeza de olvidar. Amalia pesaba menos que antes. Se dejaba llevar con esa confianza absoluta que él no había vuelto a encontrar en ninguna mujer de ningún país, y él, que en Caracas se había vuelto un hombre cauteloso, se sorprendió marcando una salida cruzada como si tuviera veintitrés años y todo el porvenir en el bolsillo del chaleco.

Cuando terminó la tanda, la llevó de vuelta a la mesa. Recién ahí encendieron las luces del salón para el intervalo, y recién ahí Ernesto entendió.

Los ojos de Amalia estaban abiertos y no miraban nada. Habían dejado de mirar hacía mucho tiempo.

—Hace veintidós años —dijo ella, sin que él preguntara—. Primero uno, después el otro. Con calma, para que me fuera acostumbrando.

Él buscó una palabra decente y no encontró ninguna.

—Y sin embargo me reconociste.

Amalia sonrió con media boca, la misma media boca de la fotografía que él había guardado en un cajón durante cuatro décadas y que hacía años no se atrevía a abrir.

—Reconocí cómo caminás. Cruzás el salón pisando fuerte con el izquierdo, como si siempre estuvieras por irte. —Le acomodó la solapa con dos dedos precisos—. Volviste con el mismo compás, Ernesto. Es lo único que no te llevaste.


Es el 1º relato de Tandas de Sombra y Memoria

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El próximo relato se publicará en quince días: "El plano de un barrio que ya no existe"

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