Ramiro volvió a la milonga un jueves de lluvia.
Hacía siete meses que no cruzaba aquella puerta, siete meses exactos desde el entierro de Elena. El organizador —un hombre gordo y amable al que todos llamaban Beto— lo vio entrar y dejó de hablar a mitad de una frase. Después siguió hablando, pero ya con otra cara.
Todos lo saludaron así: con cuidado. Con esa delicadeza torpe que la gente usa cuando no sabe si el dolor ajeno ya ha cicatrizado o todavía sangra por dentro.
Ramiro se dirigió a su mesa. La mesa de siempre, en el lado izquierdo del salón, cerca de la columna con el espejo. Pidió un agua mineral y se sentó.
La silla frente a él estaba vacía.
Era una silla común, de madera oscura con el asiento tapizado en rojo granate, igual que todas las demás. Pero esa noche pesaba de una manera distinta. Elena siempre la empujaba un poco hacia atrás antes de sentarse, para tener espacio de sobra para quitarse los zapatos de calle y ponerse los de baile. Primero el derecho, luego el izquierdo. Siempre en ese orden.
Ramiro miró la silla y no pudo recordar el color exacto de sus ojos. Eso lo asustó más que cualquier otra cosa.
Beto se acercó con discreción de cirujano.
—Ramiro. Qué bueno verte por aquí.
—Vine a escuchar un poco de música —dijo Ramiro.
Beto asintió con la cabeza dos veces, despacio, como si aquella respuesta contuviera más verdad de la que debía.
—Está tocando la orquesta de Barros esta noche —dijo—. Di Sarli, Lomuto, un poco de Fresedo. Como a Elena le gustaba.
Ramiro no respondió. Beto tampoco insistió. Se fue con el mismo cuidado con el que había llegado.
En la pista, las parejas giraban bajo una luz tenue y amarilla. Ramiro las observó sin verlas. Pensó en Elena colocando sus zapatos debajo de la silla, en la manera en que le apretaba la mano justo antes de salir a bailar, un apretón suave y breve que significaba muchas cosas a la vez: estoy lista, y también te quiero, y también este momento existe.
Pensó que le había prometido muchas tandas todavía.
· · ·
La mujer se acercó sin que él la escuchara llegar.
Era de edad indefinida, como esas personas que parecen haber tenido siempre la misma edad sin que nada las toque. Llevaba un vestido oscuro, casi negro, con un bordado muy fino en el escote. El pelo recogido. Una calma extraña en la manera de estar de pie.
—Esta tanda no debería quedarse sin bailar —dijo.
Ramiro alzó la vista. La mujer no sonreía, pero tampoco había en su expresión ninguna lástima. Solo una especie de certeza serena.
—No voy a bailar esta noche —respondió él—. He venido solo a escuchar.
—Lo sé —dijo la mujer—. Por eso le pregunto.
En ese momento la orquesta empezó a tocar. Ramiro reconoció los primeros compases antes de que su cabeza pudiera nombrarlos: era Di Sarli. Era exactamente la orquesta que Elena esperaba cada noche con una paciencia de la que él nunca fue capaz.
Se puso de pie sin saber muy bien cómo.
· · ·
Al principio bailó como quien pisa terreno que no recuerda si es firme.
El cuerpo tardó unos pasos en recordar lo que sabía. La mujer no hablaba. Lo seguía con una sensibilidad extraña, casi antigua, como si conociera cada una de sus pausas antes de que él las hiciera. No corregía, no lideraba, no comprendía de más: simplemente estaba ahí, exactamente donde debía estar.
Ramiro pensó que estaba traicionando a Elena.
Luego pensó que no. Que quizás esto era lo opuesto de una traición.
El abrazo se fue calentando despacio, como se calientan las cosas verdaderas. Y en algún momento del segundo tango, mientras giraban cerca de la columna del espejo, Ramiro dejó de contar los pasos y empezó a escuchar la música.
Llevaba siete meses sin escuchar nada.
En el último tango, un tango lento y casi susurrado. Cuando casi llegaba al final, Ramiro cerró los ojos un instante. Y entonces lo sintió: el perfume de Elena. Muy tenue, como algo que se va y deja apenas su forma en el aire.
Terminó de bailar sin abrirlos, bailando casi en el sitio.
· · ·
Cuando la cortina sonó mantuvo los ojos cerrados 2 segundos.
Ramiro quiso preguntarle su nombre.
Pero la mujer ya no estaba.
Miró hacia la mesa. Hacia la silla vacía. Sobre el mantel había un pañuelo pequeño, de tela blanca, doblado con cuidado. No era el pañuelo de Elena: el de Elena tenía un bordado azul en una esquina. Este era liso. Pero había una nota debajo, escrita con una letra pequeña y firme:
Ella quería que volvieras a bailar.
Ramiro sostuvo la nota un momento. Luego la dobló y la guardó en el bolsillo interior de su chaqueta, junto al corazón, que es donde se guardan las cosas que no tienen otro lugar.
Miró la pista. Las parejas seguían girando. La luz amarilla seguía siendo la misma. Y por primera vez en siete meses, Ramiro no sintió culpa por seguir vivo.
Se cambió los zapatos despacio, como siempre, y saludó a Beto en la puerta.
—¿Volverás el jueves que viene? —le preguntó Beto.
Ramiro pensó en ello.
—Sí —dijo—. Creo que sí.
· · ·
Aquella noche, alguien mencionó por primera vez a una mujer a la que todos llamaban, en voz baja, la Dama del Tango.
Este es el primer relato de la serie "Ecos de la Dama del Tango". Si te ha gustado puede valorarlo y dejar una reseña.
El próximo relato se publicará en más o menos una semana: "La mujer del vestido azul".
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